Esmeralda
En
aquel momento le vinieron miles de ideas a la cabeza. Quería hacer tantas
cosas. Se acercaba la primavera y sólo podía pensar en el verde de los árboles,
el intenso verde. Ese verde que respira vida a raudales.
A
pesar de llevar tiempo sin salir, aún era capaz de recordar el sonido de los
pájaros mientras están en la época de cortejo, con todos sus llamativos
colores. En el olor que desprenden las flores y, por supuesto, la sensación de
libertad.
Había
oído de una tradición japonesa que consistía en salir a disfrutar de la
naturaleza, de explotar los cinco sentidos y ser uno con el medio. Baños de
bosque, lo llamaban. Ardía en deseos de experimentar algo así. Todo aquello la
llevaba a un estado de calma absoluta. Dejar la mente en blanco y visualizar la
belleza. Ella quería ese tipo de belleza; la ansiaba profundamente. A sus
dieciséis años a penas la había vivido. Ni siquiera había podido salir a hacer
ejercicio o a pasear sola por jardines. Nunca la dejaban sola. Lo único que
había conocido eran las cuatro paredes de su cuarto. Su madre siempre le decía
lo mismo: Vera, tan pronto puedas, lo harás. Pero nunca pasaba nada.
Esas
enormes paredes tenían dibujado un inmenso bosque y un cielo tan azul como el
pijama del hospital. Ese hospital era su hogar. Lo había sido desde siempre,
por mucho que le doliera admitirlo.
Mientras
miraba por la ventana, se abrió la puerta y apareció una mujer ataviada con una
bata blanca.
-¿Lista
para otro ciclo, Vera?
Resopló
con resignación y se dio la vuelta. Tomó una goma elástica para recoger su
cabello y le dedicó una débil sonrisa.
-Sí,
lista.

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